Que viva la corrupción

Por José Elías Rodríguez

Fundación del Migrante

Los síntomas más preocupantes del estado actual de la política ecuatoriana es el creciente desprestigio de los políticos, a los que se les considera tan ineptos como corruptos. De poco sirve escudarse en que no todos los políticos son iguales, una obviedad manifiesta, como advertir de las fatales consecuencias para la estabilidad del orden político establecido, una amenaza que al menos tiene la virtud de mostrar lo hondo que estos recientes acontecimientos entre importantes actores como el Presidente de la Asamblea Nacional, el Fiscal General y el ex Contralor han calado en la vida política del país.

Lo más grave de la situación radica en que la clase política está menos capacitada, cuyas perversas secuelas a nadie se le ocultan. La mala fama de los políticos, que deteriora ya las instituciones, hunde sus raíces en tres malformaciones propias de la democracia, la corrupción, el enriquecimiento ilícito y la violación de derechos. Callar por miedo o por conveniencia  implica un tipo de corrupción que el Código no castiga.

La legitimidad de los políticos proviene de representar al conjunto de los ciudadanos, cuya voluntad soberana expresa en las urnas; pero, los que deberían actuar según los dictados de su conciencia, según reza la constitución, poco hacen en este sentido. No sólo los reglamentos regulan el comportamiento de la clase política sino una actuación individual responsable. Al contrario se observa en sus actuaciones como si hubieran recibido un mandato imperativo que restringe casi por completo su libertad de acción y su decencia personal.

El mayor acto de libertad individual que le queda a la Asamblea es abandonar el letargo que han demostrado en esta última década. La opinión pública rechaza la inoperancia de los entes de control pública por no ejercer el principio constitucional de actuar según la ley y su propia conciencia, se ha abierto la incógnita si fueron electos dentro de los parámetros de ley o simplemente fueron nombrados a dedo para proteger y ocultar corrupción.

Algunas consecuencias graves, que aparecen en esta penumbra política ecuatoriana, es que el Parlamento no aparece como el instrumento adecuado para legislar y controlar al Ejecutivo, se demuestra que se impide el acceso a los que pretenden responder ante su conciencia. Probablemente una Asamblea de personas libres, elegidas en virtud de su cualificación y con un apoyo popular individualizado resultaría gobernable. Pero ante estos autómatas da la impresión de que seguiremos siendo cómplices de una manejo indebido de lo ciudadano

El desprestigio creciente de los políticos tiene su fundamento en un sistema de selección y promoción que no favorece a los mejores, aunque algunos de primera hayan sabido acoplarse a las condiciones impuestas, conscientes de que no se puede navegar contra viento y marea. A éstos les favorecería un cambio en las reglas de juego, pero la más pequeña innovación que promoviese una mayor competitividad interna no parece viable, al querer oponerse con gran tesón la cúspide de los partidos Políticos.

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